¿Hay alguna banda que pueda ser el nuevo gran referente del rock chileno?

Por Utzu García

El reciente anuncio de receso de Ases Falsos – quizás la banda más prometedora del rock chileno en los últimos años – y una nueva reprogramación de La Cumbre, evento de música chilena postergado ahora para octubre, profundiza aún más el vacío dejado por Los Bunkers en 2014.

Poco más de 5 años después, la agrupación liderada por Cristóbal Briceño – por cierto, uno de los pocos músicos chilenos que no responde como futbolista cuando le hacen preguntas – deja en suspenso una carrera que parecía tener proyección internacional, con shows agotados en Ciudad de México y Monterrey. Precisamente, al terminar estos shows, y un probable paso por Perú y Argentina, los músicos se centrarán en otras tareas y proyectos.

Desde Los Prisioneros, en la década de los ’80, el país siempre tuvo un referente nacional, conocido por gran parte de la población – la gente ubicaba a estos referentes, sin importar si les gustaba o no la banda de turno -, y que era capaz de aglutinar los espacios mediáticos que los rockeros locales podían ocupar.

Por caminos distintos, Los Tres y La Ley supieron llevar el estandarte, vender discos y arrastrar convocatorias multitudinarias en los ’90, y tras la separación de los penquistas, Los Bunkers venían detrás para tomar el relevo, y consagrarse como la primera gran banda del siglo 21. En aquella época, otras agrupaciones también lograban una fuerte exposición, principalmente Chancho En Piedra y Lucybell, dos de los conjuntos que más fidelidad han logrado de parte de sus fans.

Es claro, que los cambios experimentados en los últimos años, el descalabro de la industria musical a consecuencia del explosivo aumento de la piratería, y que tuvo a Chile como unos de los países más afectados (aún estamos en la lista negra de Estados Unidos en materia de violación a la propiedad intelectual), además de abandonar prejuicios y estereotipos vinculados al gusto musical provocaron que el paladar de la audiencia criolla cambiara bruscamente, cambiando este rock chileno tradicional por una atomización de estilos de nicho que abarcan distintas corrientes y géneros. Esto ha dejado seriamente damnificado a todas las expresiones rockeras creadas en Chile, las que, si bien nunca fueron el género preferido por excelencia, ha decaído considerablemente en su grado de exposición.

Por otro lado, los grandes referentes mediáticos están en la vereda del pop y la música urbana: las multitudes que ayer adoraban a Chancho En Piedra, hoy son leales a Santa Feria, quienes seguían a Lucybell o De Saloon hoy idolatran a Mon Laferte. Los discos de oro, las convocatorias masivas, los rostros publicitarios, están en otra sintonía.

Pero no sólo factores externos han perjudicado al género en el último lustro: la propia escena también ha quedado al debe en varios aspectos, tanto promocionales como creativos. El desenfrenado avance de las redes sociales y tecnología ha dejado ensimismada a la sociedad y, mientras el pop, la cumbia o la música urbana se presentan como una vía de escape, el rock es una continuación de la rutina, un resumen de los goles y jugadas polémicas después del partido, cuando lo que el espectador quiere, a veces, es pensar en otra cosa.

Y ahora, para responder la pregunta que bautiza esta columna, tenemos que empezar a escarbar en una escena demasiado under, con algunos brillos y luces escasos que reflotan como una esperanza. Planetario, ad portas de lanzar su álbum debut, es una máquina de crear himnos generacionales que podría candidatearse; Frank´s White Canvas es uno de los proyectos más sensacionales de la música que emerge de nuestro país, además con una propuesta de carácter global que podría posicionarse a nivel insospechado; San McKenzie (banda muy cercana a Briceño), por estética, discurso y estilo, tiene el perfil que mejor se ajusta a los vacíos dejados por Los Bunkers; Cler Canifrú, de meteórico ascenso, también tiene credenciales para reclamar el relevo.

Sin embargo, es probable que nunca más tengamos figuras tan excluyentes como Jorge González, Álvaro Henríquez o Beto Cuevas. La música cambió para siempre, la forma de disfrutarla también, y el futuro nos depara escenarios insospechados. En lugar de responder preguntas, estamos en una era de plantear más interrogantes, para imaginar el futuro de la escena, y en base a eso, preparar el terreno para las nuevas generaciones de músicos y fans.

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