La receta infalible de Fito Páez

(Director de Zampoña Revista de Música)

Por  Víctor L. Aravena

La convocatoria de Fito Páez en sus conciertos en Chile no es de extrañar, y lo del reciente Viernes 24 de Mayo en el Teatro Caupolicán de Santiago no fue la excepción, con sus localidades casi repletas para presenciar un show que venía anunciado como “Antología”, repasando sus más grandes éxitos.

Al rosarino se le nota que disfruta mucho sus estancias en Chile, hay una sensación de relajo que invita a sentir el show como si estuviéramos en el living de la casa, partiendo por el ingreso al escenario junto a su banda, cerca de las 21:20 Hrs, sin ningún tipo de parafernalia, saludando a todo el público. Incluso el inicio de la presentación deja de manifiesto algo de improvisación al anunciar que va a cantar una canción en honor a su hijo Martín, que ese mismo día cumplía 20 años, interpretando solo con su piano y voz la canción “Rey Sol”, que escribió dedicada a él y que da título a su disco del año 2000. Luego viene lo que podría ser el “inicio formal” del show, con “A las piedras de Belén”, una de esas canciones antiguas y potentes, que dan cuenta de la etapa oscura, visceral y existencial de Fito a fines de los ’80, que muchos fans de la vieja escuela atesoran, ya que él en contadas ocasiones echa mano a ese repertorio, salvo los clásicos de esa época. Inmediatamente el salto temporal nos traslada a su más reciente disco, “La ciudad liberada”, cantando la canción que da título al álbum que le devolvió a Páez esa rabia y rebeldía poética que hace bastante tiempo estaba en hibernación, ese sentido de pertenencia que siempre tuvo con  la calle y su gente común, con sus carencias y anhelos sociales. Precisamente hubo un gran énfasis en este último trabajo discográfico, con varias de sus canciones en el setlist, entre las que estuvieron “Tu vida, mi vida”, “Aleluya al sol” y “Se terminó”, entre otras. El otro punto de enfoque estuvo en el disco más exitoso de su carrera, “El amor después del amor”, del cual también Páez escogió varios de sus tracks. El resto del repertorio se repartió en pincelazos de sus otras producciones, dejando incluso afuera algunos hits y clásicos que antes eran número fijo.

Durante dos horas el público vibró y coreó las 25 canciones que tuvieron muy poca pausa entre ellas, como “Circo Beat”, “11 y 6”, “El diablo de tu corazón”, “Mariposa tecknicolor”, “Dar es dar”, “Ciudad de pobres corazones”, y varias más, en un show que por momentos fue muy intenso, con una banda de acompañamiento afiatada, con formación clásica de base rítmica (Guitarra, Bajo, Teclados y Batería) más una corista.

Desde hace varios años que Fito apuesta a una banda más cruda en sonido, ligada a la cuadratura propia del Rock, lejos de aquellas épocas en que reclutaba a músicos de paladar más fino y un virtuosismo que acercaba los arreglos musicales a la fusión del Pop-Rock con raíces latinas y hasta el Jazz. Puede ser que actualmente esta elección de músicos acompañantes le haga perder en detalles que hacen la performance algo más tosca, pero gana enormemente en potencia e intensidad, dándole al público un espectáculo de mucha energía.

Por su parte el cantautor argentino siempre tiene una entrega total en escena, aunque los años de circo ya se le empiezan a notar bastante y se le ve algo carreteado físicamente, le ha bajado el tono a algunas canciones para no tener dificultades en alcanzar las notas más altas, incluso en algún momento del show, mientras cantaba “Islamabad”, tuvo alguna pequeña desconcentración con la letra, notándosele un poco cansado. Sin embargo en poco tiempo logró recuperar fuerzas y sacar un segundo aire que le permitió continuar con el show de manera impecable.

 Fito hoy en día sabe delegar y descansar en sus músicos, acompañándose en su piano, ocasionalmente usando la guitarra o simplemente como frontman, cantando solo frente al micrófono mientras sus músicos sostienen de manera eficiente y disciplinada sus respectivas tareas, entregando un espectáculo sin baches y muy profesional. Los arreglos musicales juguetean en algunas canciones con un aire fresco que las saca de lo que habitualmente se conoce, pero en varias otras se respetan de manera casi religiosa las ideas originales, sobre todo en el repertorio que data de los ‘80 y la primera mitad de los ‘90, apoyándose mucho en bases pre-grabadas, que provocan ese contraste típico de varias canciones de Fito, que comienzan con loops y electrónica para dar paso a la banda en pleno con todo su peso sonoro. Destaco la exquisitez, después de décadas, de escuchar “Giros” con su solo original de sinte-bandoneón, ejecutado nota por nota y magistralmente por su tecladista, Juan Absatz, quien tiene la mayor responsabilidad en la banda de sostener la ambientación que rodea a varias de las canciones. Asimismo, en “Un vestido y un amor”, se disfraza de hombre-orquesta para emular los arreglos originales, pero en un formato de teclados y compacto, para acompañar a un Páez que sólo se remite a cantar en esta ocasión, sin recurrir al acompañamiento de piano (nada más práctico cuando se viene con una banda acotada, sin las secciones de cuerdas y bronces de antes). También hay espacio para que en el instrumental “5778” (que cierra el disco “La ciudad liberada”), Absatz se siga luciendo, esta vez acompañado de un segundo teclado que lo ejecuta el bajista, Diego Olivero (que es el director de la banda), mientras la pantalla gigante, que no ha parado de acompañar las canciones con juegos geométricos de colores, en esta ocasión emite una performance-adaptación de “2001: Odisea del Espacio”, con un aire entre lúdico e infantil. El resto de la banda es completado por Gastón Baremberg (Batería), Juani Agüero (guitarra) y Ana Álvarez de Toledo (coros).

Punto aparte es la comunión entre el trasandino y su público, con quien siempre hay una comunicación directa, y como es habitual en él, siempre improvisa en algunas canciones con la letra, haciendo referencias hacia Santiago (se nota que es un habitué del Liguria) o nuestra cultura, mencionando a Pedro Lemebel. O también, como cuando en “Brillante sobre el mic”, se apagan las luces y Fito pide que la gente use las linternas de sus teléfonos para iluminar el recinto, dándole a la tecnología por un momento del concierto un uso útil y colectivo, y no distractivo e individualista, como suele hacerse comúnmente, según sus propias declaraciones durante el show. La respuesta no se hace esperar, con una fanaticada que no deja en ningún momento de expresar su devoción y fidelidad hacia el rosarino, cosa que parece solidificarse aún más con el paso de los años y nuevas generaciones, tanto de jóvenes como niños acompañados de sus padres que asisten a sus conciertos.

Ya finalizando, arrepintiéndose de irse a camarines en el momento, volviendo con sus músicos a tomar los instrumentos, y como una forma de extender aún más esa comunión, el cierre es con ese himno adoptado por las barras futboleras, “Y dale alegría a mi corazón”, con un teatro colmado a full y coreando a capella y hasta la eternidad mientras los músicos se despiden de forma definitiva del escenario.

A pesar de que ya a Fito Páez se le notan físicamente los años de trayectoria con su respectivo desgaste, aún logra mantener en alto su extensa obra discográfica, realizando espectáculos que siempre son de un alto nivel. Es algo que sostengo hace muchos años, son mucho más entretenidos y potentes sus presentaciones en vivo que varios de sus últimos discos. Esperamos con curiosidad qué nuevos proyectos artísticos nos entregue pronto su inquieta creatividad.

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