Música urbana (o el rol social y político de los artistas)

Por Utzu García

La reciente crisis política en Puerto Rico, atenuada en parte con la renuncia del gobernador Ricky Rosselló, tuvo a un puñado de inusuales protagonistas: exponentes de la música urbana como Residente (ex Calle 13) y Bad Bunny (figura fundamental del trap latino), hasta estrellas del pop como Ricky Martin y Luis Fonsi asumieron su rol de referentes sociales y culturales, en medio de una convulsionada situación.

Poco después de declararse en quiebra, el Estado Libre Asociado de Puerto Rico (dependiente en gran parte de Estados Unidos), prácticamente fue destrozada por el huracán María, coronando un 2017 para el olvido, a raíz de una severa crisis económica, un deficiente manejo político y una nula reacción frente a la catástrofe natural.

El tiempo no curó las heridas, ni menos ayudó a levantar la moral de una nación golpeada por la naturaleza y la corrupción. Desde 2017, el mandato de Ricky Rosselló, miembro de una acaudalada familia conservadora, trajo más decepciones que alegrías, con un currículum cuestionable, que incluye verse implicado en un accidente automovilístico con resultado de muerte a los 15 años, miembros de su gabinete en situaciones similares, y varios personeros tras las rejas, investigados o acusados por corrupción.

Este inestable escenario dio luz a una particular situación, vista antes en otros contextos: la irrupción de destacados artistas boricuas, de fama e influencia global, utilizando sus vitrinas para sacar la voz contra el controvertido líder. figuras colosales, de la talla de Ricky Martin, Luis Fonsi, Bad Bunny (quién incluso había anunciado su retiro de la música para participar de las movilizaciones) y Residente (el ex Calle 13, conocido por su discurso activista) no dudaron en asistir a exaltar a las masas para exigir y presionar por la salida de Rosselló.

Músicos activistas ya hemos conocido: sin ir más lejos, tenemos en Chile un mártir de reconocimiento mundial en la figura de Víctor Jara, la humanidad ha sido testigo de proezas como el Festival de Woodstock – gestado como un llamado al amor y la paz en plena Guerra de Vietnam -, o el Live Aid – para combatir la crisis humanitaria en África – y un desfile interminable de figuras del rock y el pop que no han dudado en manifestar sus posiciones, oponerse a dictaduras de izquierda o derecha o apoyar causas como el aborto, el matrimonio igualitario, el fin de la pena de muerte, u otras más triviales como la legalización del consumo de marihuana.

Hoy, el testimonio de lo social lo toman artistas vinculados a rubros y géneros musicales asociados a la frivolidad, a la mercantilización de la identidad y la venta de discos con el solo fin de generar grandes sumas de dinero. el testimonio que antes tenía el folk, el blues, el pop o el rock hoy lo tienen el reggaeton y el trap. En Chile tampoco estamos muy lejos de esa realidad. Estamos en un momento histórico donde los exponentes del rock nacional carecen de discurso, o bien no saben ni tienen los argumentos básicos para expresarlos como corresponde. Músicos que sólo se permiten hablar de la música que hacen y la que les gusta, a lo sumo repitiendo consignas prefabricadas como «Vivan los profesores» o «Aguante la educación pública», careciendo de sustento o argumentos, cuando lo que una sociedad con la moral muy por el suelo, como la nuestra – con cifras de desempleo e indicadores económicos preocupantes, una «clase media» desprotegida, ciudades colapsadas, crisis de confianza en las instituciones, empresas que cierran, servicios de salud y educación deficientes o la poca capacidad para reaccionar a fenómenos naturales tan simples como una lluvia -, necesita precisamente de líderes que llamen y convoquen a su gente. No podemos tener esos liderazgos con músicos y artistas poco letrados, que responden a los medios con monosílabos (pareciendo futbolistas), y que sólo viven en torno a su propia burbuja.

No han visto la entrevista de Cristian Warnken a Pedro Aznar en «La belleza de pensar» (una joya), no leen, no se informan y solo son un reflejo de la superficialidad propia de una sociedad de consumo. Distinto a entrevistas a exponentes locales del trap, como Ceaese, Gianluca o Tomasa del Real, dueños de un discurso claro y contundente, practicantes de la solidaridad en su escena, conscientes del rol transversal que están cumpliendo en el segmento juvenil de nuestra sociedad. Nos faltan más chicos con esa actitud rockera, que lamentablemente el rock perdió.

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