Estaciones en el camino de King Crimson (Primera Parte)

Por Víctor L. Aravena

Director Zampoña Revista de Música

Primera parada, período clásico. Iniciando la marcha por un camino riquísimo en matices, y a la vez internamente convulsionado e intenso…

Desde un ya lejano 1969, aparecía el trabajo discográfico que daría el puntapié inicial a todo ese sub-género del Rock al que se le llamó de forma muy apropiada “Rock Progresivo”. Este nombre indicaba precisamente un desarrollo paso a paso de las ideas musicales en cada obra, en constante progreso, tomando como modelo sin duda las grandes formas legadas por la Música Docta. En este caso ya no bastaba con la simple Forma Canción (A-B-A), sino que el discurso tomara rumbos más elaborados, un uso constante de cambios métricos y de velocidades, ciertas canciones y temas que se desarrollaban como extensas suites, con un sentido dramático que emparenta la música con otras disciplinas, como la danza o el teatro, y un vuelo instrumental donde el límite simplemente lo pusiera el talento de los intérpretes.

En este disco (In The Court of The Crimson King), King Crimson echa mano a gran parte de la información de que se dispone en la cultura musical hasta ese entonces (docta, folclórica y popular), creando una mezcla maravillosa de matices, que parten eso sí con una impronta dura e histérica con su gran clásico “21st Century Schizoid Man”, en el que aparecen elementos de Hard Rock que se entremezclan por momentos con el Jazz de manera frenética, todo muy acorde con la desesperanza que reina en la letra de esta canción y su crítica a la guerra de Vietnam. Pero lo que prevalece en este disco son los momentos más calmos que nos acercan al Art Rock y la poesía, como “I talk to the wind”, o “Moonchild”, la cual deriva en una larga improvisación cercana al Free Jazz. Existe una mezcla muy equilibrada entre elementos acústicos que hacen mención al pasado de la historia de la música y otros eléctricos más propios a la modernidad que ofrecía el Rock en esa época, sumado al uso característico del mellotrón, que entregaba una sensación sinfónica al oído con sus sonidos grabados en cinta. “Epitaph” y “The Court of The Crimson King” dejan el espacio preciso para que aparezcan las referencias más claras que definen a este estilo de hacer música: la cruza entre el Rock y la Música Clásica (o Docta). A eso le sumamos unas letras plenas de existencialismo poético a cargo de Peter Sinfield (letrista en esta primera etapa de la banda). Sería interesante que este tipo de Rock en los tiempos que corren actualmente, pueda ser considerado a nivel de estudios académicos como parte de lo que podría llamarse algo así como “Música Docta Moderna” (por lo menos el que se desarrolló en su etapa temprana entre 1969 y 1975), su alto nivel  estético y perfección en la ejecución por parte de sus intérpretes lo amerita con creces, ya han sido varias décadas en que los músicos de esta tendencia han mostrado sus competencias al respecto. En esta primera entrega discográfica la banda estaba conformada por Robert Fripp (guitarra, el único integrante que se mantiene hasta el día de hoy), Michael Giles (batería, percusión, coros), Greg Lake (bajo, voz), Ian McDonald (flauta, clarinete, saxo, vibráfono, teclados, mellotrón, coros), Peter Sinfield (letras, iluminación).

Para su segundo disco (In The Wake of Poseidon, 1970), la fórmula se repetiría, pero ya con algunas convulsiones dentro de la banda. Antes de la grabación de este disco ya se habían retirado del grupo un par de integrantes, Michael Giles e Ian McDonald. Si bien el vocalista y bajista Greg Lake canta en casi todo el disco, al poco tiempo abandonaría esta agrupación para formar a los legendarios Emerson, Lake & Palmer.

Crimson incluyó a diversos músicos en esta grabación (Mel Collins: saxo y flauta; Michael Giles: batería; Peter Giles: bajo; Keith Tippet: piano), y empezó a experimentar una de sus tantas reestructuraciones en su historia, ya decididamente liderados por Robert Fripp, un verdadero genio de la guitarra dentro de la historia del Rock, quien a lo largo de su carrera musical ha mostrado a través de su técnica formas muy novedosas de ocupar su instrumento y los efectos, los que sin duda sumaban un elemento de dramatismo que ayudaba a crear muchas atmósferas sonoras.

Volviendo al disco, es imposible no sentirse transportado a alta mar en el largo instrumental “The Devil’s Triangle”, y angustiarse con el sonido que emula la sirena de un barco, junto con la disonancia terrorífica de los arreglos instrumentales. Aquí la música de la banda empieza poco a poco a mostrar uno de los matices que más los caracterizarían en años posteriores, que es un manejo estético de lo que podríamos considerar expresionismo, con ciertos elementos de atonalidad que derivan en lo grotesco, una tensión constante que no es apta para cualquier oído. Aún así, siempre hay espacio en la balanza para los momentos sublimes y casi angelicales que ofrecen canciones como “Cadence and cascade” (ya con el que sería su siguiente vocalista y bajista, Gordon Haskell), o la bellísima instrumental en guitarra  “Peace: A Theme”, y su continuación “Peace: An End”, cuya letra es una bellísima oda a la humanidad creada por Sinfield. Al igual también hay espacio para el Rock más tradicional con “Cat Food” y una letra que sarcásticamente se ríe del consumismo. Sin duda la marca registrada del Rey Carmesí desde un comienzo fue esa capacidad de pasar desde lo calmo a lo frenético y de lo técnico-académico a la libre improvisación. Este disco suena al oído como una continuación natural de su antecesor, incluso pudiéndose hacer paralelos entre varias de sus canciones, las que tienen arreglos musicales similares (21st Century Schizoid Man y Pictures of a City; I Talk to The Wind y Cadence and Cascade; Epitaph y In The Wake of Poseidon, por ejemplo).

Ese mismo año aparece su tercer larga duración, Lizard, en el cual continúan desarrollando música conceptual apelando a grandes formas, extensas suites en que conviven las influencias doctas con el Jazz, matizadas con canciones de Rock más tradicional para balancear la propuesta, y la habitual joya acústica, en este caso “Lady of the dancing water”. A la presencia de Fripp (guitarra, mellotrón y teclado) y Sinfield, se suman Mel Collins (saxo y flauta), Andy McCulloch (batería) y Gordon Haskell (bajo y voz).

El sonido de este disco entrega mayor protagonismo a los teclados y el mellotrón, y aparece una sección de bronces muy presente en la totalidad, aportando colores emparentados con el Blues y el Jazz. Hay pasajes en los que se apuesta por la psicodelia, como en Happy Family por ejemplo. Esta producción deja como un gran clásico de la banda la canción Cirkus, y aunque no logra ser tan vistoso como sus dos entregas anteriores, de todos modos muestra un gran nivel creativo de la banda, a pesar de los vaivenes que seguía teniendo, con entradas y salidas de integrantes. La voz de Haskell no muestra tanta versatilidad, lo que le resta elementos de dramatismo a la interpretación, algo que era característico en las obras anteriores de King Crimson. Un momento clave en que se nota ese detalle es en la suite de 23 minutos Lizard, en la que en su sección inicial cuenta con un invitado ilustre en la voz, como Jon Anderson (vocalista de la banda Yes), dejando en claro lo que se gana con un intérprete que domina los matices y la intencionalidad.

Como músicos invitados también grabaron en este disco Keith Tippett (piano, piano eléctrico), Robin Miller (oboe, corno inglés), Marc Charig (corneta), Nick Evans (trombón).

Tanto Haskell como McCulloch abandonan la banda una vez terminado de grabar este disco.

Islands (1971) viene a ser el último trabajo discográfico con este sonido más sinfónico de la banda, abriendo de manera notable con Formentera Lady, una bellísima canción con sonoridades doctas fusionadas con elementos de raíz europea y una letra muy evocadora con imágenes costumbristas. Una pieza muy bien lograda que sin duda nos transporta al Mediterráneo. Inmediatamente destaca la inclusión del nuevo vocalista, Boz Burrell (quien también oficia de bajista), quien posee un timbre más dulce y melodioso que su antecesor.

Al transcurrir el disco, de inmediato se advierte una vuelta al primer plano de las guitarras de Fripp (que además se encarga del mellotrón y el armonio), que habían estado un tanto postergadas en Lizard.

Las letras de Sinfield se inclinan por el retrato de lo cotidiano. La trágica historia de traición amorosa en The letters, o la lujuria de Ladies of the road (canción que muestra influencias de The Beatles, con un Rock de tendencias duras matizado en su estribillo con una dulzura melódica propia del cuarteto de Liverpool).

Hay una sensación general de melancolía que se apodera de principio a fin en esta producción, que no tuvo la repercusión de sus anteriores larga duraciones. La formación de King Crimson en Islands fue: Fripp; Sinfield; Burrell; Mel Collins (saxo, flauta y coros); Ian Wallace (batería, percusión y coros). Como músicos invitados estuvieron: Paulina Lucas (voz soprano); Keith Tippett (piano); Robin Miller (oboe); Marc Charig (corneta); Harry Miller (contrabajo).

Al concluir 1971, Peter Sinfield abandona el grupo, marcando sin duda el fin de esta etapa y la forma en que se desarrollaba su propuesta. Durante 1972, Crimson se embarca en una gira llamada Earthbound, que también daría título a su primer disco en vivo, el cual contiene las tomas de esas presentaciones. Una vez finalizada aquella gira, Collins, Burrell y Wallace abandonan la banda, dejando solo a Fripp, quien, lejos de dar por terminado todo, se embarcaría en reclutar a otros miembros para continuar con la historia del Rey Carmesí, la cual estaba lejos de escribir sus últimos capítulos, claro que ya con otros ropajes.

Esta primera estación tan riquísima y convulsionada, tendrá su continuación inmediata con una reinvención notable de la banda, la cual comentaré en la próxima entrega. De momento te sugiero que te sumerjas en este mar lleno de música y disfrutes del alto nivel artístico que dejaron estos maravillosos discos.

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