King Crimson en Chile: Cuando la Música tiene sentido, razón y es la respuesta

Movistar Arena de Santiago. 13 de Octubre de 2019

por  Víctor L. Aravena

Director Zampoña Revista de Música

En los tiempos actuales, y ante la nutrida (y a veces excesiva) oferta de espectáculos en vivo alrededor del mundo, cada artista o banda se esmera más para llamar la atención del espectador, ofreciendo shows plenos de luces, efectos visuales, fuegos artificiales, cambios de vestuario, mascotas virtuales, pantallas gigantes interactivas, parafernalias varias, etc. En medio de toda esta oferta es prácticamente imposible encontrar dentro de las llamadas “Mega Bandas”, algún show que esté basado exclusivamente en lo que realmente debería importar, que es la música. Pues bien, King Crimson es una de esas agrupaciones históricas e influyentes a nivel mundial que siguen apostando a ese riesgo, en parte porque saben que tienen a su favor una legión de seguidores que sagradamente los ha acompañado a lo largo de sus cinco décadas, existe una complicidad entre ambas partes que se ha transformado en un verdadero apostolado, llegando a ser lo más parecido a una liturgia las presentaciones de la banda. No es necesario agregar algo más que la música en sus espectáculos. Desde ahí, no es de extrañar la campaña previa que se hizo durante esta gira, de pedir encarecidamente la no utilización de dispositivos de grabación de audio, video y fotografía, hasta el término de los conciertos, cosa que se cumplió a cabalidad por parte de los asistentes. El lema era simple: “Los mejores recuerdos se graban en tu memoria”. Y créanme que tal vez esto sea algo más en lo que esta banda pueda en un corto plazo también marcar tendencia, ya que esa norma llamó poderosamente la atención de muchos aficionados a conciertos, y han considerado positivo que se pudiera aplicar de forma general a muchos espectáculos donde los asistentes terminan molestando al resto con el uso de sus dispositivos móviles.

Pasando al show propiamente tal, encontramos una puesta en escena muy sobria y sencilla, donde los siete integrantes de la banda lucen por igual. Una iluminación estática en tono azul que sólo cambió momentáneamente en un instante específico del concierto. Ya desde el inicio de esta gira sabíamos que nos enfrentaríamos a uno de esos experimentos performáticos a los que siempre nos ha acostumbrado la banda. En esta instancia era la conformación grupal, con tres bateristas, y más encima alineados al frente del escenario: Pat Mastelotto, Gavin Harrison y Jeremy Stacey (que además toca teclados). Detrás de ellos en una tarima encontramos al guitarrista y vocalista Jakko Jakszyk, un correcto cantante, pero que queda algo al debe a la hora de interpretar, tomando en cuenta que está ocupando un puesto muy difícil de llenar, por los ilustres músicos que han sido la voz de Crimson a lo largo de su historia (Greg Lake, John Wetton, Adrian Belew, quienes imprimieron un estilo y carisma particular al canto cuando les correspondió); Tony Levin en el bajo y chapman stick, como siempre versátil y moviéndose a sus anchas, un músico que ha participado de unos cuantos discos de la banda, al igual que Mastelotto; Mel Collins en saxo y flauta traversa, un integrante que representa toda la nostalgia de la primera etapa de la agrupación, ya que participó de casi todos esos primeros discos grabados entre 1969 y 1974; todos ellos comandados por el fundador y mentor Robert Fripp, fiel a su estilo lacónico, tocando sentado y haciéndose cargo de la guitarra con infinitas texturas sonoras y también aportando con algunos teclados.

El sonido estuvo impecable en el recinto, algo que en algún momento nos causó inquietud a muchos, dada las características que presentaba la banda, sobre todo por las baterías, que en algún momento hacían evidenciar los rebotes sonoros hacia el fondo, pero con el correr del show se supo solucionar de la mejor forma aquello. Lo mismo pasó con algunos pequeños problemas de ecualización que se dieron en un par de ocasiones.

El ritual musical estuvo durante gran parte de la presentación enfocado en la acción de los bateristas, quienes como maestros de ceremonia abrieron las dos partes del show y también sirvieron de nexo entre algunas secciones. Temas como “Hell hounds of Krim”, “Drumzilla” o “Drumsons” mostraron todas las capacidades y sincronización entre los tres músicos. Quienes tuvieron aprensiones con el resultado de poner en escena a tres bateristas, rápidamente las disiparon, sólo en ciertos momentos se apreciaron unísonos entre ellos, el resto del tiempo fuimos testigos de lo más cercano a un show parafernálico, pero en este caso era apreciar la calidad técnica de cada uno de ellos al servicio de la música, cada movimiento estudiado y con una perfección abrumadora, con una coordinación a ratos coreográfica y haciendo juegos de redobles y patterns rítmicos que se iban pasando uno al otro.

El grupo hizo un repaso por prácticamente todas sus etapas, con temas instrumentales de sus discos de la década anterior como “The ConstruKction of light”, “EleKtriK” y “Level Five”, de una tendencia orientada al sonido industrial y con algunos elementos de lo que se ha denominado como Metal Progresivo, pasajes llenos de densidad sonora y minimalismo virtuoso, donde la interacción entre las partes se sucede con precisión matemática. Pero lo que convocaba principalmente a esta gira Celebration Tour 2019, era el aniversario número 50 de la edición de su primer disco “In The Court of The Crimson King”, del cual interpretaron casi toda esa producción.

Cada canción que se sucedía mostraba una perfección en la interpretación que conmovió completamente al público asistente. La teatralidad de “Cirkus” fue el primer clásico de la noche, después de las introducciones más instrumentales. Una canción que hace eco de la etapa clásica de la banda, donde fusionan elementos del Rock, Jazz y Música Docta. Sin más preámbulo, se sucede “Red”, instrumental de su etapa inmediatamente posterior, con sonoridades más ligadas al Hard Rock. Seguidamente los músicos entregan la primera canción del disco homenajeado en esta gira, “Epitaph”, que no deja nunca su carga emotiva y provoca las primeras lágrimas entre los fanáticos, marcando uno de los puntos altos de la noche, con un aplauso de pie por parte de la concurrencia.

Uno de los acercamientos al repertorio quizás “más digerible” originado en la primera mitad de los ’80, llega con “Frame by frame”, la que en esta ocasión adopta un sonido más cercano al género Fusión, con interesantes arreglos de marimba en su introducción. Es aquí donde la voz de Jakszyk queda un poco en deuda, no es fácil llegar a la tonalidad e interpretación vocal que alguna vez entregó Belew. De todos modos la canción está lejos de decaer, saben adaptarla a las actuales condiciones y es uno de los pasajes que se agradecieron dentro del setlist, algo que no imaginé que interpretarían. “Moonchild” es otra de las joyas escogidas de su primer registro sonoro, con su melancolía que mágicamente nos trasladó a recordar el paso por la banda del legendario Greg Lake. La canción se adaptó y simplificó, ya no tiene la larga sección de improvisación tipo Free Jazz de su grabación original, aquí se reemplaza por una intervención en contrabajo eléctrico por parte de Levin, que tiene el oficio suficiente para entregar lo que la canción le pide sin desviarla de su naturaleza. El final de la primera parte se deja caer con una de las piezas más esperadas por muchos, “Larks’ Tongues in Aspic, Part Two”, uno de esos emblemas instrumentales del grupo, que reúne en sí mismo lo que es King Crimson, lo bello y lo grotesco, el Jazz cristalino y melódico junto con el Hard Rock disonante y retorcido, los cambios métricos constantes, todo lo que se puede esperar de una obra del Rock Progresivo. Collins en el saxo suple de muy buena forma las melodías que originalmente fueron interpretadas en violín por David Cross. Esto es lo que todos quieren oír, la segunda ovación de pie no se deja esperar.

Fotografía: Pablo Santander

Luego de un intermedio de 20 minutos (muy al estilo de los espectáculos de música clásica), la banda retorna haciendo un recorrido un poco más fluido en su repertorio, rescatando pasajes donde está más presente el canto. Los músicos nos entregan un par de canciones de la veta rockera de King Crimson, como son la casi blusera “Cat food” y el Heavy Rock a medio tiempo de “Easy Money”. También hay espacio para un hermoso y calmo pasaje que no deja de emocionar, con “Islands”, una de esas piezas musicales en que incursionan en la Balada con elementos de Música Clásica. Aquí y al igual que en otras canciones requeridas de teclados, Jeremy Stacey deja la batería y muestra sus dotes como pianista, que no son menores. Si bien los arreglos de piano para ésta y otras canciones no tienen un alto nivel de virtuosismo, sí requieren de una interpretación con mucha sensibilidad, y la respuesta del público muestra que la canción penetra en lo más profundo del corazón.

Llega tal vez el momento climático de la noche con “Starless”, ese himno a la desolación y desesperanza, donde el sonido del mellotrón tiene un protagonismo especial en la atmósfera de la canción, con Fripp desplegando además todo su talento en la guitarra, como es la tónica de todo el concierto. Es el momento del show en que todos sabemos que la música se transforma en un vehículo por el que transitan un cúmulo de sensaciones y emociones, pasando de la balada y la melancolía extrema, por un derrotero hipnótico de tensa calma, que desemboca en la locura de un Jazz Rock frenético, finalizando con el cierre del círculo, volviendo a la balada inicial, pero ya en un plan más duro en sonido y con el único cambio de luces que se verá en todo el show, tiñendo de rojo todo el escenario por un instante, homenajeando precisamente lo que es el cierre de ese disco de 1974 llamado “Red”. Tercera ovación de pie hacia el septeto, que a estas alturas de la noche nos tenía a todos rendidos a sus pies.

El tramo final del espectáculo fue con una interesante versión de “Indiscipline”, algo extraña con respecto a la original, en que la voz de Belew declamaba la letra. En esta ocasión tenemos a Jakszyk cantando una melodía con ese mismo texto, quitándole esa sensación inquietante que predominaba en este corte del disco “Discipline” y con el único guiño de comunicación hacia el público en toda la noche por parte de la agrupación, rematando la canción con una frase dicha en español. Acto seguido, “The Court of The Crimson King” es la señal de que la liturgia está llegando a su fin, con una interpretación que es fiel al espíritu original y que no requiere mayor explicación, ya que estamos precisamente asistiendo a una fiesta que celebra los 50 años de la primera entrega discográfica de la banda, que lleva el título homónimo de esta canción.

Como todo movimiento estudiado y conciente, la banda se despide sabiendo que hay un bis que sin duda exigimos todos, ante lo cual en un par de minutos vuelven a escena para darnos en el gusto con “21st Century Schizoid Man”, primer track de ese disco, quizás su canción más emblemática y universal dentro de lo que es la historia del Rock y los aficionados a ese género musical. El grupo muestra todo lo que representa esta canción, con sus giros rítmicos y armónicos que mezclan el Hard Rock y el Jazz, con un público ya más cómplice y relajado, participando al son de la música, como suele ocurrir en todo concierto de Rock, incluyendo también por parte de los bateristas, en medio de su performance coreográfica, un sorpresivo lanzamiento de baquetas hacia la gente.

Al finalizar la canción, Tony Levin hace el gesto de sacar su cámara y fotografiar al público, lo que es el santo y seña para que la gente haga lo propio con sus teléfonos y se lleve un pequeño registro de lo que fue esa noche, donde se trabajó precisamente para que la música fuera la única protagonista.

Fotografía: Pablo Santander

Fin de un show soberbio e histórico, pero que deja una sensación de que las cosas no terminaron ahí. King Crimson es de esas agrupaciones musicales que no deja a nadie indiferente, y lo que es más, a quien toma la decisión de acercarse a su música, le hace cambiar su percepción acerca del ejercicio de esta expresión artística en 180º.  Para quienes sostienen que el Rock es actualmente un género estancado y que no tiene mayor evolución ni crecimiento, aquí puede encontrar respuestas concretas acerca de cómo se puede seguir desarrollando y aportando al ejercicio musical. Coincidiendo con la visión de otros columnistas de música, estamos ante la presencia de lo que podríamos llamar “Rock Docto”, el mayor grado de acercamiento entre los géneros del Rock y la Música Clásica, o tal como lo comenté y analicé en alguna columna anterior que escribí sobre ellos, “Rock de Cámara”. El nivel técnico y de interpretación de este tipo de música, sumado también al grado de emotividad que involucran, los convierten en verdaderos referentes. No somos pocos quienes coincidimos en que estamos en presencia tal vez, de la banda post- Beatles más influyente del Rock y la música popular, en el ámbito de lo que es estudiado y analizado académicamente.

Para todos quienes estuvimos ahí en esas jornadas, pienso que habrá un antes y un después, tanto para músicos como para otros actores vinculados a ese mundo, como críticos de música, periodistas, productores, programadores radiales, melómanos, etc. Simplemente recalcar, que como pocas veces se ha visto en los tiempos actuales, King Crimson hizo que la música triunfara en el cerebro y el corazón, con sentido, con razón y como respuesta ante la misma búsqueda de la música, absolutamente recursiva… y disculpen lo fanboy, pero es un lujo que me puedo dar porque la ocasión lo amerita

¡Viva el Rey Carmesí!

Fotografía: Tony Levin

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